domingo, 17 de junio de 2012
Nuestra justicia... a nuestra contra
domingo, 29 de abril de 2012
Muerte para muchos, dinero para unos pocos
lunes, 19 de marzo de 2012
La libertad: ¿un don o un trofeo?
¿La libertad es algo que tenemos al nacer o la vamos consiguiendo conforme crecemos? Es decir, ¿la libertad es un don o un trofeo? Yo creo que la libertad depende mucho de la situación en la que vivas y del tipo de libertad de la que estemos hablando (ya que puede ser a nivel religioso, político, social…). Puedes vivir en un país en el que por la calle pasean sin miedo blancos y negros, musulmanes y cristianos, niños y personas mayores, o por el contrario puedes vivir en un país en el que todos son de la misma religión y siguen unas normas muy estrictas, o en el que eres una persona blanca y tienes miedo de pasar por determinadas zonas de una ciudad…
Y la libertad también depende mucho de uno mismo. Una persona en unas circunstancias puede sentirse libre, mientras que otra en las mismas circunstancias sienta lo contrario.
Yo pienso que en parte es un don y en parte es un trofeo que nos ganamos a lo largo de nuestra vida. Porque tú puedes nacer con una libertad, que normalmente es la libertad que tus padres han conseguido, pero a lo largo de tu vida esos límites entre los que está tu libertad se pueden ensanchar o pueden disminuir dependiendo de los actos que realicemos.
Creo que es importante también diferenciar entre la libertad de acción y la libertad de decisión. Porque, por ejemplo, yo puedo elegir entre estudiar Bachillerato o no, pero una persona que está en la cárcel no puede elegir entre salir o no, porque no tiene esa posibilidad.
Pero una pregunta que me hago es: ¿somos realmente libres, o solo nos creemos libres? Porque por muy libres que queramos ser, las normas y las leyes siguen estando ahí y no las podemos sobrepasar. Así que somos libres a medias, hasta un cierto punto, hasta el punto en el que dicen las leyes o hasta la libertad de la otra persona.
Aceptémoslo, nunca viviremos en una sociedad totalmente libre, porque sería un caos, cada uno actuaría como le pareciera sin tener en cuenta a los demás. Por eso necesitamos normas, necesitamos unos límites que nos marquen que esto está bien y esto está mal. Pero siempre podremos tener un equilibrio entre la libertad y las normas, no como en algunos países donde las normas están por encima de la libertad o al contrario. O a veces no son unas normas puestas por nosotros las que nos delimitan nuestra libertad, sino que el límite somos nosotros, nuestro cuerpo. Por ejemplo, yo puedo tener la libertad de tirarme por un puente, pero después, lo normal es que nuestro cuerpo muera. Así que no podemos hablar de libertad, con todo lo que incluye esta palabra, sino más bien de una libertad condicionada.
domingo, 11 de diciembre de 2011
Ante la realidad, abramos los ojos
El otro día vi la película “The Blind Side. Un sueño posible”. Trata sobre un chico con una familia pobre que es separado de su madre de pequeño y tuvo la suerte de que una familia rica lo acogiera. Y en una escena estaban el chico y su madre adoptiva hablando. El chico le contó que cuando su madre se drogaba o hacía algo malo le decía: “cierra los ojos, cuando cuente tres ábrelos. El pasado se ha ido, el mundo es un buen lugar y todo irá muy bien.”
Eso es lo que hacemos nosotros. Cuando vemos algo a nuestro alrededor que no está bien, cuando vemos a una persona pidiendo por la calle, o a un niño robando en vez de estar en el colegio, nos callamos, cerramos los ojos y apartamos la mirada. Porque si no ves algo, no sufres por ello. Pero yo creo que eso se llama cobardía. Sí, somos unos cobardes porque no nos queremos enfrentar al mundo que nos ha tocado vivir.
Aunque también nos ocurre todo lo contrario, que hemos visto ya tantas veces las consecuencias del hambre, de la soledad, de las enfermedades que ya ni nos afecta. Día tras día viendo en las noticias guerras, violaciones, tantas injusticias que al final no provoca en nosotros ningún sentimiento, ni de culpabilidad, ni compasión…nada. Creemos que si no lo vemos no nos afectará, que así podremos dormir tranquilos, ¿pero es eso verdad? Porque yo cada vez que voy por la calle y alguien me pide comida o dinero, la verdad es que no le doy ninguna de las dos cosas, como la mayoría de la gente, sigo andando. Pero, ¿a que eso cambiaría si el que estuviese así lo conociésemos o si fuésemos nosotros mismos? Pero claro, no sabemos lo que siente esa persona por tener que estar en pleno invierno tirado en la calle y pidiendo dinero y ver que todo el mundo pasa de ti, porque eso no lo hemos vivido y lo más seguro es que pensemos que nunca nos tocará vivirlo. Hasta que no vivamos esa realidad, nuestro corazón nunca podrá sentir lo mismo que esa persona.
También es cierto que, a veces no eres tú el que cierra los ojos ante la realidad, sino que son otros los que no te dejan ver lo que ocurre, por ejemplo mintiéndote. Ahí son los demás los que te vendan los ojos, los que te impiden conocer la realidad, porque piensan que mientras tú no sepas la verdad, nada te afectará.
Pero las cosas son distintas cuando hablamos del amor. ¿Se ama con los ojos o con el corazón? ¿No dicen que el amor es ciego? Porque con los ojos vemos los defectos, los fallos, los errores de la otra persona, pero somos capaces de amarla, porque el corazón es lo único que nos dice que eso no importa, que el amor supera esos defectos.
Así que yo creo que el refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” es verdad, pero lo usamos de forma equivocada, poniéndolo de excusa ante las injusticias que pasan a nuestro lado. Porque tú no puedes ver algo sin que despierte en ti un mínimo sentimiento.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Ahora toca vivir la vida
Empiezo esta disertación con una pregunta, ya que la muerte no nos da ninguna respuesta, solo deja multitud de preguntas. ¿Tiene sentido nacer si luego no nos vamos a morir? “Morir es la consecuencia de la vida”, dijo el escritor Juan Antonio Cebrián Zúñiga, y estoy de acuerdo con él. Yo creo que el nacimiento es el principio de nuestra muerte. Imaginemos que los científicos descubren que podemos regenerar nuestras células, así que nunca moriríamos, pero lo vemos absurdo, ¿verdad? Incluso a mí me horroriza pensar que me quedaré aquí toda la vida. Aunque luego pienso en mis padres, en mis hermanos, en mis amigos, en esos abrazos y esos besos que parece que has vuelto ha nacer, en los llantos, en las risas, en cosas tan insignificantes como la canción que siempre escuchas cuando estás triste, o una mirada entre dos personas que se quieren, en las flores que brotan en primavera, en el atardecer en la playa… y la verdad es que se me quitan las ganas asumir que un día dejaré este mundo. Pero todo hay que aceptarlo. Porque como dijo el actor Roberto Benigni (de “La vida es bella”) “Morir no me gusta para nada. Es la ultima cosa que haré”.
De niño no piensas en la muerte, no te das cuenta ni de que existe, es algo que se va extendiendo en tu vida conforme creces, hasta que lo ocupa todo, hasta que llega. Cuando somos pequeños pensamos que eso es una cosa de viejos, que a nosotros no nos tocará hasta que tengamos 90 años, pero poco a poco te vas dando cuenta de que mañana puedes ser tú y que hay que vivir la vida como si mañana fuera tu último día sobre la tierra.
Me da miedo enfrentarme a la muerte, no a la mía sino a la de mis seres más queridos. No he tenido una experiencia antes, nunca me ha tocado vivirla de tan cerca, pero los años van pasando y me doy cuenta de que hay personas que no durarán mucho tiempo más a mi lado.
Yo creo que la muerte no es un final, yo creo que es algo que interrumpe tu vida, que aparece de repente, sin avisar. A veces sabes que llegará pronto y puedes estar preparado, pero la mayoría de las veces aparecerá, sin más y la vida, tu vida, se acabará. Si eres cristiano es posible que pienses que tu vida no se acaba allí, pero sí se acabará la vida que conoces, esas personas que más quieres desaparecerán, aunque siempre quedarán vivas en los recuerdos de la gente. Si eres cristiano, la muerte puede que sea algo que te hace pasar de una vida más material y terrenal a una vida más espiritual y del alma. Un punto y aparte.
Pero entonces, si sabemos que la muerte algún día llegará, ¿por qué la tememos? Quizás porque por naturaleza los humanos tememos aquello que desconocemos y que no tiene respuesta y, ¿qué hay más misterioso que la muerte? Podemos hacernos muchas preguntas: ¿cuándo llegará? ¿qué se siente cuando mueres? ¿habrá algo más allá o no seré ya nada cuando me alcance?... pero ninguna tiene una respuesta clara, o por lo menos universal, es decir, una respuesta que sirva para todos, seas de la religión que seas, tengas las ideas que tengas.
Yo creo que la muerte tiene una finalidad, yo creo que sirve para que nos demos cuenta de la vida, de lo que tenemos, de lo que nos queda por hacer, de lo que nos perderemos si no la disfrutamos ahora, porque ahora esto es lo que nos toca, aprovechar cada momento y vivir al máximo. Cuando muere una persona es cuando nos damos cuenta de lo que valía para nosotros, esos pequeños detalles que con el día a día nadie le daba importancia, después de la muerte cobran un gran valor.
¿Para los cristianos, es Dios el único que nos da la vida y que nos la puede quitar? La verdad es que no sé qué pensar. ¿O a lo mejor no es Dios, sino el Destino el que determina nuestra muerte? No lo tengo nada claro.
Pero entonces, ¿hay que vivir teniendo en cuenta la muerte o no? ¿Será diferente nuestra vida según cómo la enfoquemos? Yo creo que tiene que ser algo intermedio, que no podemos pensar continuamente que vamos a morir, porque entonces no disfrutaríamos la vida. Pero, en cambio, si nunca pensamos en que algún día vamos a morir, estaremos viviendo continuamente engañados; felices, sí, pero engañados. Hay que aceptar que vamos a morir, que nuestra vida un día se acabará. Sólo podemos temer el cómo o el cuándo.
Porque las muertes de las personas que nos rodean son como entreactos de una obra de teatro, pero algún día seremos nosotros los protagonistas de esta obra.