¿Qué es a lo que llamamos justicia? ¿Es el ser humano justo, o por el contrario injusto por naturaleza?
Según el principio de presunción de inocencia, se establece la inocencia de la persona como regla. Y solo a través de un juicio en el que se demuestre la culpabilidad de la persona mediante unas evidencias firmes, podrá el Estado aplicarle una pena o sanción.
De esta manera, se proporciona defensa a la parte acusada; es decir, hasta que no haya unas pruebas sólidas, no se podrá aplicar la pena al sujeto. Pero, ¿podríamos decir que es este principio totalmente justo?
El ser humano no es perfecto, sino que es imperfecto por naturaleza; y son estas imperfecciones las que nos diferencian de las máquinas. Como tal, cometemos errores, y algunos de ellos muy graves por los que no podemos salir impunes, ya que sino esta persona podría suponer una amenaza para la humanidad. Principalmente esto es lo que se defiende en los juicios, se intenta ser lo más justo posible aplicando las leyes en defensa de la humanidad o de la persona dañada contra este sujeto. De esta forma, se hacen cumplir las leyes.
Pero, ¿qué nos lleva en muchas ocasiones a no cumplir el principio de presunción de inocencia? Esto se debe a que muchas veces, ante unos datos que recibimos, decidimos anteponer nuestro propio juicio de valores. Y cierto es que lo solemos realizar. ¿Cuántos de nosotros no hemos realizado nuestro propio juicio antes de saber si la persona es inocente o no? Muy presente en la sociedad, este es un mecanismo al que yo llamaría como "principio de atribución de culpabilidad". Mediante el cual tendemos a atribuir la culpa al acusado, sin plantearnos su inocencia. ¿Es esto justo? En mi opinión no, porque todas las personas nos merecemos ser defendidos ante una acusación. Y hasta que no se sepa con veracidad en el juicio si el sujeto al cual se le atribuye el delito es culpable o no, no podemos culparlo.
Por tanto, todas las personas tenemos derecho a un juicio justo y a un sistema jurídico que luche contra los delitos para velar por nuestra propia seguridad.
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lunes, 18 de junio de 2012
domingo, 29 de abril de 2012
TECNOLOGÍA NO SIGNIFICA AVANCE EN LA HUMANIDAD
¿Somos nosotros quienes influimos en la
tecnología y en su desarrollo, o es ella la que una vez creada, nos influencia a nosotros?
Actualmente,
vivimos en una sociedad ansiosa de avances tecnológicos, hambrienta de cambios,
acostumbrada al dinamismo de las cosas que nos rodean. La tecnología es
necesaria desde todos los puntos de vista, y visto desde nuestra vida sería
totalmente impensable el hecho de vivir sin ella. Sin duda alguna, la tecnología logra un mayor crecimiento de la población gracias a la introducción de avances médicos, técnicos y de todos los ámbitos, ya que mejora nuestra calidad de vida y la alarga a su vez.
Pero, este continuo y desarrollo en el que nos vemos inmersos nos lleva a plantearnos una cuestión muy básica. ¿Cómo es posible que mientras la obesidad y la búsqueda de la inmortalidad preocupan en las sociedades más desarrolladas; haya países a los que aún les preocupan el hambre y las enfermedades que asolan sus hogares? La respuesta a esta pregunta está en que mientras que nuestra sociedad aumenta exponencialmente y así su calidad de vida gracias al desarrollo tecnológico, otras sociedades descienden a causa de problemas solucionables. ¿Es esto lícito o por ende es contradictorio? ¿En qué nos ha convertido la tecnología? ¿En personas con mayor capacidad de razón para solucionar problemas o solo en animales de la ambición cegados por conseguir beneficio? En su libro, Alfonso Gago plantea que la tecnología está creada por el más débil de la sociedad, aquel que necesita esforzarse y agudizar su creatividad y su ingenio para triunfar y ganar beneficios. En mi opinión esta teoría podría ser cierta, pero no sin añadir el matiz de que el ser humano no crea la tecnología de forma altruista, sino mirando también sus beneficios personales. Por tanto, ¿son ellos, la codicia y el afán de poder lo único que nos anima a avanzar dentro de nuestra sociedad?
La capacidad más importante del hombre que sin duda nos distingue de las demás especies es nuestra inteligencia. Nuestra capacidad para pensar en las cosas que nos rodean y darles un razonamiento coherente y lógico. Y esta facultad propia de nuestro ser no solo se extiende por el campo científico del ser humano; sino que también por nuestro lado humano. La inteligencia es capaz de hacer que modifiquemos las características del medio externo que nos rodea en nuestro beneficio, para mejorarlo y así mejorar nuestra calidad de vida y la de otros que nos rodean. Inteligencia emocional, aquella que nos hace que tengamos consciencia, que no solo pensemos con nuestra parte lógica del cerebro sino que también utilicemos el corazón. Aquella que nos hace ser empáticos y altruistas con las personas de nuestro entorno.
En mi opinión, las personas somos máquinas diseñadas para cometer errores. Uno tras otro, a veces sin aprender del anterior. Errores tan grandes que ninguna máquina puede arreglar. A veces tan solo necesitamos callarnos para aprender a escuchar a nuestro alrededor, hacer las cosas desde nuestra consciencia, luchar por oír con el corazón a un mundo que tantas veces clama nuestra ayuda. Y es por ello que como dijo W. Shakespeare “sin corazón, solo seríamos maquinas”.
domingo, 18 de marzo de 2012
La libertad es un camino
¿Es el ser humano realmente libre? ¿O estamos condicionados directa o indirectamente desde que nacemos por las circunstancias que nos rodean? Para plantearnos esto se podría poner el ejemplo de dos niños gemelos que al nacer se separan, uno se va a vivir con una familia muy rica y con muchos recursos y otro se va a vivir con una familia humilde, ¿influiría ello en el desarrollo de sus vidas hasta el momento de condicionar su libertad?
La libertad siempre ha sido un tema muy comentado y debatido por el ser humano y ha sido motivo de muchas guerras y conflictos desde la antigüedad. Protagonista también en muchas disputas ideológicas, ¿nos atrevemos a afirmar que la persona que desde el momento que nace se integra en la sociedad, puede considerarse libre en todos los aspectos?
Nosotros podemos ser libres en nuestra forma de pensar, a la hora de tener una ideología propia, pero, ¿somos libres en los demás aspectos? Si algo puedo afirmar, es que las personas somos libres desde el momento en el que nacemos, y por ella hemos luchado durante toda nuestra existencia, pero estamos condicionados en distintas situaciones por unas normas sociales, circunstancias o por personas que hay en nuestra vida. Y esto nos lleva a plantearnos, ¿es la libertad un valor con el cual nacemos, o debemos luchar por conquistarla?
Cuando nacemos, tenemos un pequeño, muy pequeño porcentaje de libertad. Si hiciésemos un símil entre la libertad y un bosuqe de miles de hectáreas, cuando nacemos tan solo seríamos un árbol en ese inmenso bosque. Es el paso del tiempo y las circunstancias que se dan en nuestra vida lo que sin duda van haciendo que ese árbol inicial se convierta en un bosque. La libertad la va adquiriendo una persona poco a poco, conforme vamos creciendo, madurando, nos vamos haciendo personas más completas, más preparadas, más sabias. Una persona es libre cuando tiene la capacidad de pensar, de elegir por ella misma, de decidir, de saber decir si, de saber decir no, y eso lo dan la preparación y la cultura, pues sin ellas, seríamos como los animales, y sería imposible en tener un ápice de libertad.
Y esto nos lleva a plantear otra cuestión, ¿podemos ser realmente libres en todo momento, o debemos cumplir con unas normas ya establecidas en nuestra sociedad? Es decir, ¿tiene el ser humano la capacidad de poder hacer lo que quiera, cuando quiera, porque quiera y con quién quiera sin que los resultados le den igual? Sin duda alguna no, porque de alguna forma u otra debemos cumplir con unas normas preestablecidas. Lo cierto es que el ser humano no nace libre, no vive libre y tampoco muere libre puesto que nunca podrá obviar ciertas situaciones así como el entorno que le rodea.
Durante la existencia del ser humano, el sentido de la vida se ha basado en una continua búsqueda de la felicidad, asique se me ha ocurrido concluir planteando, ¿es capaz de proporcionarnos la libertad felicidad en nuestra vida?
La libertad siempre ha sido un tema muy comentado y debatido por el ser humano y ha sido motivo de muchas guerras y conflictos desde la antigüedad. Protagonista también en muchas disputas ideológicas, ¿nos atrevemos a afirmar que la persona que desde el momento que nace se integra en la sociedad, puede considerarse libre en todos los aspectos?
Nosotros podemos ser libres en nuestra forma de pensar, a la hora de tener una ideología propia, pero, ¿somos libres en los demás aspectos? Si algo puedo afirmar, es que las personas somos libres desde el momento en el que nacemos, y por ella hemos luchado durante toda nuestra existencia, pero estamos condicionados en distintas situaciones por unas normas sociales, circunstancias o por personas que hay en nuestra vida. Y esto nos lleva a plantearnos, ¿es la libertad un valor con el cual nacemos, o debemos luchar por conquistarla?
Cuando nacemos, tenemos un pequeño, muy pequeño porcentaje de libertad. Si hiciésemos un símil entre la libertad y un bosuqe de miles de hectáreas, cuando nacemos tan solo seríamos un árbol en ese inmenso bosque. Es el paso del tiempo y las circunstancias que se dan en nuestra vida lo que sin duda van haciendo que ese árbol inicial se convierta en un bosque. La libertad la va adquiriendo una persona poco a poco, conforme vamos creciendo, madurando, nos vamos haciendo personas más completas, más preparadas, más sabias. Una persona es libre cuando tiene la capacidad de pensar, de elegir por ella misma, de decidir, de saber decir si, de saber decir no, y eso lo dan la preparación y la cultura, pues sin ellas, seríamos como los animales, y sería imposible en tener un ápice de libertad.
Y esto nos lleva a plantear otra cuestión, ¿podemos ser realmente libres en todo momento, o debemos cumplir con unas normas ya establecidas en nuestra sociedad? Es decir, ¿tiene el ser humano la capacidad de poder hacer lo que quiera, cuando quiera, porque quiera y con quién quiera sin que los resultados le den igual? Sin duda alguna no, porque de alguna forma u otra debemos cumplir con unas normas preestablecidas. Lo cierto es que el ser humano no nace libre, no vive libre y tampoco muere libre puesto que nunca podrá obviar ciertas situaciones así como el entorno que le rodea.
Durante la existencia del ser humano, el sentido de la vida se ha basado en una continua búsqueda de la felicidad, asique se me ha ocurrido concluir planteando, ¿es capaz de proporcionarnos la libertad felicidad en nuestra vida?
domingo, 11 de diciembre de 2011
LA DIFÍCIL ELECCIÓN
Ojos que no ven corazón que no siente es un dicho muy popular. Se trata de una postura emocional a veces inconsciente, y otras consciente, que adopta el ser humano ante situaciones difíciles o incómodas de la vida cotidiana. Pero la postura que personalmente cada uno de nosotros decidimos presentar ante una determinada adversidad está determinada por nuestra personalidad. En cuanto a las posturas cabe destacar dos muy extremas. Podemos intentar negar una realidad, como afirma la frase ojos que no ven corazón que no siente, o en contraposición podemos enfrentarnos a ella por muy difícil que nos parezca.
La postura de no querer ver se puede entender desde distintas perspectivas. Así como desde el punto de vista egoísta de aquellas personas que prefieren no aceptar las cosas, negándolas, para no tener que hacer frente a los problemas por el miedo a tener que enfrentarse a ellos. También podríamos destacar a aquellas personas que no tienen la suficiente fuerza interior como para ser capaces de aceptar el problema, y eso es porque, interiormente, nos seguimos negando a plantarle cara a las situaciones más difíciles de nuestra vida. Y es que, cuanto más nos empeñamos en no querer aceptar algo, más grande será la mentira en la cual viviremos.
Es cierto que muchas veces es más fácil ignorar la realidad del mundo exterior: gente muriendo de hambre, gente llorando, países enteros donde cada día miles de personas se ven obligadas a abandonar a sus familiares por el mero hecho de poder ayudarlos. Es cierto que muchas veces es más fácil y más placentero meternos dentro de nuestra propia caverna, tal y como así la definía el filósofo Platón. Siempre nos resulta más fácil a todos y cada uno de nosotros cegarnos para no ver todos los problemas que nos rodean y las dificultades a las que debemos hacer frente. Y es que, nadie dijo que vivir fuera fácil, y la vida sin situaciones difíciles no sería vida.
Este dicho popular, no se refiere al hecho de no ver físicamente como una persona invidente, sino al hecho de negarnos a ver psicológicamente. De modo que una persona invidente, también puede actuar negándose a ver una realidad difícil de aceptar. Nosotros percibimos la realidad con los ojos, y mediante nuestros sentimientos la modificamos, siendo este muchas veces un mecanismo propio para defendernos a nosotros mismos de aquellas cosas que nos puedan parecer difíciles de aceptar. Pero el hecho de afrontar la realidad, por muy difícil que este pueda parecernos, es el primer paso para comenzar a resolver un problema. Y, si de algo estoy totalmente segura es de que el negar un problema nunca hace que desaparezca, tan solo consigue paralizarlo momentáneamente en el tiempo para que aparezca posteriormente. Es el enfrentarnos a ellos lo que sin duda nos hace que seamos capaces de resolverlos.
Podemos elegir cegarnos ante los problemas, lo que no deja de ser una postura cobarde, ya que lo difícil es lo que Platón señalaba metafóricamente con romper las cadenas que nos atan dentro de nuestra caverna para conseguir salir al exterior y dejar de percibir el mundo de las sombras, es decir, nuestro propio mundo que captan nuestros órganos sensoriales y manipulan nuestros más profundos sentimientos. Pero, ¿qué pasaría si cada uno de nosotros alguna vez nos diésemos cuenta de que la realidad que nos rodea no es sino un sueño figurado por nosotros mismos que intenta obviar lo malo? Ahí cabe la cuestión de preguntarnos ¿queremos realmente llegar a conocer la realidad de la forma más objetiva posible, por tan difícil que pueda llegar a ser? Ahí está la difícil elección, en decidir si preferimos hacer como en este dicho popular o enfrentarnos a nuestros más profundos temores para llegar a conocer la verdad.
La postura de no querer ver se puede entender desde distintas perspectivas. Así como desde el punto de vista egoísta de aquellas personas que prefieren no aceptar las cosas, negándolas, para no tener que hacer frente a los problemas por el miedo a tener que enfrentarse a ellos. También podríamos destacar a aquellas personas que no tienen la suficiente fuerza interior como para ser capaces de aceptar el problema, y eso es porque, interiormente, nos seguimos negando a plantarle cara a las situaciones más difíciles de nuestra vida. Y es que, cuanto más nos empeñamos en no querer aceptar algo, más grande será la mentira en la cual viviremos.
Es cierto que muchas veces es más fácil ignorar la realidad del mundo exterior: gente muriendo de hambre, gente llorando, países enteros donde cada día miles de personas se ven obligadas a abandonar a sus familiares por el mero hecho de poder ayudarlos. Es cierto que muchas veces es más fácil y más placentero meternos dentro de nuestra propia caverna, tal y como así la definía el filósofo Platón. Siempre nos resulta más fácil a todos y cada uno de nosotros cegarnos para no ver todos los problemas que nos rodean y las dificultades a las que debemos hacer frente. Y es que, nadie dijo que vivir fuera fácil, y la vida sin situaciones difíciles no sería vida.
Este dicho popular, no se refiere al hecho de no ver físicamente como una persona invidente, sino al hecho de negarnos a ver psicológicamente. De modo que una persona invidente, también puede actuar negándose a ver una realidad difícil de aceptar. Nosotros percibimos la realidad con los ojos, y mediante nuestros sentimientos la modificamos, siendo este muchas veces un mecanismo propio para defendernos a nosotros mismos de aquellas cosas que nos puedan parecer difíciles de aceptar. Pero el hecho de afrontar la realidad, por muy difícil que este pueda parecernos, es el primer paso para comenzar a resolver un problema. Y, si de algo estoy totalmente segura es de que el negar un problema nunca hace que desaparezca, tan solo consigue paralizarlo momentáneamente en el tiempo para que aparezca posteriormente. Es el enfrentarnos a ellos lo que sin duda nos hace que seamos capaces de resolverlos.
Podemos elegir cegarnos ante los problemas, lo que no deja de ser una postura cobarde, ya que lo difícil es lo que Platón señalaba metafóricamente con romper las cadenas que nos atan dentro de nuestra caverna para conseguir salir al exterior y dejar de percibir el mundo de las sombras, es decir, nuestro propio mundo que captan nuestros órganos sensoriales y manipulan nuestros más profundos sentimientos. Pero, ¿qué pasaría si cada uno de nosotros alguna vez nos diésemos cuenta de que la realidad que nos rodea no es sino un sueño figurado por nosotros mismos que intenta obviar lo malo? Ahí cabe la cuestión de preguntarnos ¿queremos realmente llegar a conocer la realidad de la forma más objetiva posible, por tan difícil que pueda llegar a ser? Ahí está la difícil elección, en decidir si preferimos hacer como en este dicho popular o enfrentarnos a nuestros más profundos temores para llegar a conocer la verdad.
lunes, 14 de noviembre de 2011
LA HUELLA IMBORRABLE
La vida no sería nada si no esperáramos la muerte, y la muerte no existiría si no existiera la vida. Pero, ¿es la muerte de verdad la ausencia de vida?
Hay tres formas de encajar la vida, o tres formas de vivir la muerte. Aquellas personas que mueren de forma natural, aquellos a los que la vida les da un golpe tan fuerte que les hace perder la ilusión de vivir, y por último las personas que no la saben apreciar y viven como si estuviesen muertas, esas personas que se niegan a sentirse afortunadas por vivir es como si fueran muertos en vida. Pero al final todo se remite a la esperanza, que es la única fuerza lo suficientemente grande para mantenernos vivos.
Es un error el no dar las gracias por vivir. Debemos apreciar cada día por poder ver el amanecer y tener el privilegio de contemplar las estrellas que algún día se apagarán de una noche que terminará. Porque, antes de que hayamos disfrutado el presente, ya será pasado y antes de que nos haya dado tiempo a pensar en el futuro este se habrá convertido en presente. Y en ello cabe la belleza de la vida.
La cuestión está en el tiempo, en como se mueve, en como se escurre, cómo fluye siempre hacia delante; cómo los segundos se convierten en minutos y luego en días y luego en años, todos corriendo incesantemente en la misma dirección. Tal vez algunas personas puedan permitirse el lujo de esperar. Tal vez para ellas haya un mañana. Tal vez haya mil mañanas y te quede tiempo para entretenerte, tanto tiempo que puedas desperdiciarlo. Pero para otras personas, solo queda un hoy, y es imposible saber a cual de los grupos pertenecemos.
La muerte siempre ha producido miedo en el ser humano, sin distinción de época, sexo o etnia, este profundo sentimiento siempre ha estado presente en nosotros cuando hemos pensado en ella. Tener miedo es normal, todos lo tenemos. El miedo a la muerte se basa en el miedo que tenemos hacia lo desconocido, el miedo que nos provoca el dejar a nuestros seres queridos, el miedo que tenemos de que los demás no nos recuerden cuando nos hayamos marchado. El miedo es fácil de tener pero difícil de saber controlar. Y es el aprender a superarlo el que sin duda nos hace crecer como personas. Es normal tener miedo, pero si dejamos que se apodere de nuestra vida y nos invada, dejaremos de vivir la vida con plenitud para vivir solo miedo; y eso sería la muerte.
Gandhi dijo que lo que hagas en tu vida es insignificante, pero que aun así es muy importante que lo hagas. Puesto que todo aquello que hacemos deja una huella imborrable en cada persona que conocemos, y eso le hace comportarse de una forma el resto de su vida. Todos aquellos a quienes conocemos dejan una marca en nosotros que nos define como personas y nos hace humanos.
Durante todos los tiempo las personas siempre nos hemos planteado que si pudiésemos volver atrás en el tiempo haríamos las cosas de otra manera. Que si naciésemos siendo ancianos para luego ser niños, invirtiendo el curso natural de la vida como si de un río se tratase, todo sería más fácil. No nos equivocaríamos, no cometeríamos tantos errores ni haríamos daño a las personas que queremos. Pero en el universo solo hay una ley que no cambia nunca, la de que todas las cosas cambian y ninguna es permanente. Todo aquello que es bello lo es porque sabemos que tendrá un final. Nada tendría sentido si supiéramos que nunca iba a acabar, la vida perdería su belleza y todo aquello que nos rodea perdería su significado.
Hay tres formas de encajar la vida, o tres formas de vivir la muerte. Aquellas personas que mueren de forma natural, aquellos a los que la vida les da un golpe tan fuerte que les hace perder la ilusión de vivir, y por último las personas que no la saben apreciar y viven como si estuviesen muertas, esas personas que se niegan a sentirse afortunadas por vivir es como si fueran muertos en vida. Pero al final todo se remite a la esperanza, que es la única fuerza lo suficientemente grande para mantenernos vivos.
Es un error el no dar las gracias por vivir. Debemos apreciar cada día por poder ver el amanecer y tener el privilegio de contemplar las estrellas que algún día se apagarán de una noche que terminará. Porque, antes de que hayamos disfrutado el presente, ya será pasado y antes de que nos haya dado tiempo a pensar en el futuro este se habrá convertido en presente. Y en ello cabe la belleza de la vida.
La cuestión está en el tiempo, en como se mueve, en como se escurre, cómo fluye siempre hacia delante; cómo los segundos se convierten en minutos y luego en días y luego en años, todos corriendo incesantemente en la misma dirección. Tal vez algunas personas puedan permitirse el lujo de esperar. Tal vez para ellas haya un mañana. Tal vez haya mil mañanas y te quede tiempo para entretenerte, tanto tiempo que puedas desperdiciarlo. Pero para otras personas, solo queda un hoy, y es imposible saber a cual de los grupos pertenecemos.
La muerte siempre ha producido miedo en el ser humano, sin distinción de época, sexo o etnia, este profundo sentimiento siempre ha estado presente en nosotros cuando hemos pensado en ella. Tener miedo es normal, todos lo tenemos. El miedo a la muerte se basa en el miedo que tenemos hacia lo desconocido, el miedo que nos provoca el dejar a nuestros seres queridos, el miedo que tenemos de que los demás no nos recuerden cuando nos hayamos marchado. El miedo es fácil de tener pero difícil de saber controlar. Y es el aprender a superarlo el que sin duda nos hace crecer como personas. Es normal tener miedo, pero si dejamos que se apodere de nuestra vida y nos invada, dejaremos de vivir la vida con plenitud para vivir solo miedo; y eso sería la muerte.
Gandhi dijo que lo que hagas en tu vida es insignificante, pero que aun así es muy importante que lo hagas. Puesto que todo aquello que hacemos deja una huella imborrable en cada persona que conocemos, y eso le hace comportarse de una forma el resto de su vida. Todos aquellos a quienes conocemos dejan una marca en nosotros que nos define como personas y nos hace humanos.
Durante todos los tiempo las personas siempre nos hemos planteado que si pudiésemos volver atrás en el tiempo haríamos las cosas de otra manera. Que si naciésemos siendo ancianos para luego ser niños, invirtiendo el curso natural de la vida como si de un río se tratase, todo sería más fácil. No nos equivocaríamos, no cometeríamos tantos errores ni haríamos daño a las personas que queremos. Pero en el universo solo hay una ley que no cambia nunca, la de que todas las cosas cambian y ninguna es permanente. Todo aquello que es bello lo es porque sabemos que tendrá un final. Nada tendría sentido si supiéramos que nunca iba a acabar, la vida perdería su belleza y todo aquello que nos rodea perdería su significado.
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